De vacunas y un poco de Historia

De vacunas y un poco de Historia

Uno de los temas más recurrentes que ha llegado al email de Dra. Mami es aquel referente a las vacunas en la edad infantil. En concreto, la vacuna contra el meningococo B, que tan de actualidad está en los últimos tiempos. Lo cierto es que todo lo que ha acontecido con esta vacuna, de nombre comercial Bexsero,...

Uno de los temas más recurrentes que ha llegado al email de Dra. Mami es aquel referente a las vacunas en la edad infantil. En concreto, la vacuna contra el meningococo B, que tan de actualidad está en los últimos tiempos.

Lo cierto es que todo lo que ha acontecido con esta vacuna, de nombre comercial Bexsero, tiene tintes de serial radiofónico: cada capítulo ha sido y es más desconcertante, imprevisible y absurdo que el anterior. A los hechos me remito.

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Cuando el Ministerio de Sanidad dio el OK para que Bexsero se pudiese dispensar en las farmacias (previo episodio de ahora sí/ahora no, primeras planas en medios de comunicación, comunidades autónomas en conato de rebeldía, etc. etc.) sucedió que la demanda de dicha vacuna superó con creces las expectativas y en pocos días se terminaron las existencias en todo el país.

Teniendo en cuenta que esta vacuna en concreto tiene un proceso de elaboración de 9 meses, llevamos sufriendo desde entonces una situación de desabastecimiento en las farmacias españolas. Las listas de espera son abultadas y, con cuentagotas, vamos recibiendo dosis de Bexsero. Según el laboratorio a partir de este verano será cuando ya se dé respuesta normalizada a la demanda, pero en ello estamos aún...

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Ante las preguntas directas de ¿vacuno a mi hijo? ¿Crees que es necesaria esta vacuna? me entra un poco de miedo escénico. Como profesional sanitaria defiendo y creo en la vacunación, sin medias tintas. Pero NUNCA me planteo influir en la decisión de unos padres que se cuestionan si vacunar o no a sus hijos. Tan sólo puedo exponer lo que objetivamente considero que es información necesaria para tomar la decisión más conveniente. Pero la última palabra siempre la tienen los padres o tutores.

Con respecto a esta vacuna contra la meningitis bacteriana, aunque los argumentos bien podrían aplicarse a otras vacunas, sólo puedo decir que es una vacuna contra una enfermedad con poca incidencia pero muy grave. Es decir, afortunadamente hay pocos casos de meningitis bacteriana al año, pero cuando aparecen son muy graves, debido a su rápida evolución y a las complicaciones que pueden desencadenarse.

Siempre que afrontamos la toma de un medicamento se presenta lo que llamamos el balance riesgo/beneficio: tenemos que valorar qué nos compensa más, si tomar el medicamento y arriesgarnos a un efecto secundario indeseado, o tomarlo y beneficiarnos de su actividad farmacológica.

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Claro está que el riesgo en los medicamentos comercializados está muy minimizado, ya que pasan unos controles estrictos antes de salir al mercado. Pero a veces ocurre que hay reacciones no previstas o efectos adversos indeseados que, aunque minoritarios, hay que tener en cuenta. Así que la decisión de suministrar o no una vacuna siempre la tiene el paciente (o responsable del mismo) en cualquier caso.

Un poco de Historia...



Hace tiempo escribí un post sobre Pasteur y su trabajo clave para el desarrollo de numerosas vacunas, aún hoy en uso. Pero en justicia histórica, fue Edward Jenner (1749-1823), un médico y poeta inglés quien debe ser considerado el padre de la vacunación.

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Vivía el Dr. Jenner ejerciendo como médico rural en Berkeley (Inglaterra) en una época en la que la viruela azotaba con especial furia a la población, tanto en Europa como en América. Entonces no se conocía ningún remedio para la enfermedad, ni siquiera se sabía que era causada por un virus. La mortandad era muy elevada y los supervivientes quedaban marcados de por vida con cicatrices muy profundas en toda la piel.

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Jenner observó que las vacas padecían una enfermedad similar con pústulas en sus ubres y que las lecheras que las ordeñaban se contagiaban de la misma, pero de una manera mucho más benigna. Se curaban en la mayoría de los casos y no presentaban secuelas graves. Pero lo más notable es que estas personas en contacto directo con las vacas enfermas es que no se contagiaban de la viruela que afectaba a los humanos. Es decir, se volvían inmunes.

A la vista de estos resultados empíricos, Jenner decidió inocular a una persona sana con un preparado a base de costras de las pústulas producidas por la enfermedad, lo que le valió la reprobación de parte de la comunidad científica de la época y el escándalo entre la población.

El 14 de mayo de 1796 realizó su experimento extrayendo pus de una pústula de la mano de Sarah Nelmes, una ordeñadora que había contraído la viruela de su vaca lechera, y lo inoculó al pequeño James Phipps, un niño sano de 8 años de edad. El pequeño James desarrolló una leve enfermedad entre el 7º y el 9º día. Se formó una vesícula en el lugar de la inoculación, que desapareció sin mayor complicación al cabo de un tiempo. Mes y medio después, inoculó al niño con la temida viruela, pero no este no enfermó.

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Hubo mucha polémica y rechazo por parte de un sector amplio de la sociedad a estos experimentos de Jenner, pero pronto comenzó a comprobarse que aquellos procedimientos de inoculación salvaban vidas. Napoleón decidió vacunar a sus tropas en 1805 y varias damas de la aristocracia británica también decidieron hacer lo propio con sus vástagos.

Así la idea de que las vacunas eran útiles y no un producto de brujería caló en la población, y pronto se extendió por todo el mundo. Hasta el día de hoy.

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