EXPERIENCIA PERSONAL.

Quiero compartir con vosotras una experiencia, de esta misma mañana, a las nueve.

Un día cualquiera, hoy, en un sexto de primaria. Estoy sustituyendo a una compañera de profesión, enferma, que hoy no puede dar su clase habitual en sexto. Sonia ( nombre ficticio), entra a sus once-doce años, en clase. Viene con los ojos y los labios pintados. Lleva las uñas de color azul oscuro y el pelo con mechas. Va justita, por no decir insuficiente de ropa, se ve más de lo que debería verse a esas edad.

Se sienta en su pupitre. Al parecer no tiene bolígrafos. Y se ha dejado el libro de texto, en este caso, de matemáticas. Tampoco tiene su libreta. Un desastre, vamos. Se pone junto a una compañera, le dejan un bolígrafo, folios para escribir...La clase da comienzo.

Sonia no escucha. Simplemente, se pasa la mano por el pelo, se mira las uñas y hace caso omiso a la lección. No molesta a nadie, pero no pone el más mínimo interés. Me la quedo mirando.Es guapa, muy guapa, es evidente que está en forma. Y tiene cara de lista.

La clase sigue. Sonia coge su mochila y saca un estuche. ¡Por fin parece que va a ponerse a trabajar! Sonia saca el rímel, y, sin más, empieza a maquillarse en mitad de la clase...

¿Hace falta que continúe?

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